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Cuando la escalera social empieza a desaparecer

Este capítulo no trata de predecir el futuro ni de advertir sobre una catástrofe inminente. Trata de entender por qué una sensación cada vez más común — la de que el esfuerzo ya no garantiza estabilidad — no es solo un malestar individual ni una exageración generacional, sino la señal de que algo profundo está cambiando en la forma en que funciona el progreso.

A lo largo del capítulo vamos a recorrer una idea sencilla pero incómoda: durante mucho tiempo existió un mecanismo que convirtió el avance tecnológico en bienestar compartido, y ese mecanismo dependía de un tipo muy concreto de trabajo humano. Ese tipo de trabajo fue el núcleo de la clase media y el soporte silencioso de la estabilidad social. El problema es que la tecnología actual no lo está reforzando, sino sustituyendo, y las consecuencias no se reparten de manera uniforme .

No hablaremos de la tecnología como un enemigo ni de la automatización como un mal abstracto. Tampoco se trata de nostalgia ni de idealizar el pasado. El objetivo es seguir el hilo lógico que conecta trabajo, educación, clase media y cohesión social, y entender en qué punto exacto ese hilo empieza a tensarse. Solo comprendiendo qué es lo que se ha roto —y qué no— se puede pensar con claridad sobre lo que viene después .

Hay una sensación que se repite mucho, incluso en gente que no se considera pesimista ni especialmente política, y que suele aparecer en conversaciones normales sin necesidad de “hablar del futuro” con mayúsculas. La sensación es sencilla de reconocer, aunque sea difícil de explicar sin sonar exagerado: algo ya no encaja entre lo que se nos dijo que era una vida razonable y lo que el mundo parece estar permitiendo ahora. No es solo que haya trabajos malos, porque siempre los ha habido, ni que estudiar no sirva para nada, porque sigue sirviendo, sino esa impresión de que el camino que durante décadas funcionó como una escalera, con peldaños más o menos claros, empieza a parecerse a un pasillo con puertas cerradas, donde algunas se abren de golpe para unos pocos y otras directamente ya no llevan a ningún sitio.

Esa intuición, por sí sola, es peligrosa si se usa como prueba de que “todo va peor”, porque el mundo ha mejorado de maneras que serían difíciles de discutir sin abandonar los datos. Si miras dos o tres indicadores básicos de los que dependen vidas reales —pobreza extrema, educación básica, vacunación, mortalidad infantil— no estás ante un relato de decadencia, sino ante una transformación histórica que, por escala, no tiene demasiados precedentes. Sin embargo, también es verdad que puedes aceptar que el mundo, en promedio, ha mejorado y aun así sostener que las reglas que hicieron posible ese avance están cambiando en un punto muy concreto. La cuestión importante no es si el mundo “va a mejor” como una flecha en el aire, sino si el mecanismo que convirtió el progreso en algo extendido, y no en un lujo para pocos, sigue funcionando igual que antes.

Durante mucho tiempo hubo una lógica reconocible, tan presente que acabó pareciendo natural. Una persona aprendía una habilidad útil, repetía esa habilidad con constancia, se volvía más eficiente, y ese aumento de eficiencia se traducía, de una manera imperfecta pero real, en estabilidad material. A veces se traducía en ascenso, a veces solo en aguantar sin caerse, pero el patrón existía y era compartido por millones. La tecnología, en ese modelo, no era una sustitución directa, sino una palanca; te quitaba parte del esfuerzo físico o te permitía producir más con el mismo tiempo, y esa diferencia, cuando se sumaba en una sociedad entera, terminaba generando salarios más altos, más consumo, más empresas, más empleo y, con todo eso, una clase media suficientemente grande como para sostener un país moderno.

Es fácil hablar de “clase media” como una etiqueta de ingresos, pero es más útil pensarla como una función dentro del sistema, porque ahí se entiende por qué su salud importa tanto. La clase media, en ese sentido, no era simplemente gente que podía permitirse ciertas cosas, sino el conjunto de personas que ocupaban el centro operativo de la economía: trabajos estables, tareas definidas, formación suficiente para manejar procesos, oficinas, máquinas, papeleo, logística, atención, mantenimiento, contabilidad, administración, comercio, producción organizada. Esa gente no solo consumía; hacía que la economía fuese predecible. Esa previsibilidad es la que permite planes a largo plazo, hipotecas, empresas que se arriesgan a invertir porque esperan demanda sostenida, y estados que recaudan impuestos sobre una base amplia y relativamente estable, con los que financian educación, sanidad, transporte y un conjunto de amortiguadores sociales que, cuando funcionan, evitan que un bache personal se convierta en una caída irreversible.

Lo relevante es que ese centro se construyó, en gran medida, sobre un tipo concreto de trabajo. No hablo de “trabajo manual” frente a “trabajo intelectual”, porque esa división confunde más de lo que aclara, sino de trabajo repetitivo y especializado . Repetitivo no significa tonto, significa que la tarea se puede hacer muchas veces siguiendo reglas y procedimientos; especializado no significa elitista, significa que esa tarea exige un conjunto de conocimientos o prácticas que no tiene cualquiera sin entrenamiento. Durante la era industrial y la era de la oficina, una parte enorme del empleo consistió en eso: hacer una porción del proceso con disciplina, con criterios claros y con datos que había que manejar bien. Y, mientras ese trabajo dependía de humanos, el sistema educativo y el mercado laboral podían alinearse para producirlo: aprendías, practicabas, te especializabas, obedecías procesos, y el mundo tenía un lugar para ti.

La grieta aparece cuando la máquina deja de ser una herramienta que amplifica al trabajador y pasa a ser una entidad que realiza por sí misma el núcleo de ese trabajo. Esto no sucede solo en fábricas con robots visibles, que además en muchos lugares ya ni se ven porque la industria se desplazó o se escondió en cadenas globales, sino en entornos cotidianos donde el trabajo es información: formularios, llamadas, verificación, clasificación, análisis rutinario, decisiones de bajo riesgo basadas en reglas. Durante años, la economía digital generó enormes departamentos humanos dedicados a gestionar datos, a moverlos de un lado a otro, a validarlos, a transformarlos en informes, a seguir protocolos, a optimizar campañas, a administrar sistemas. Ese era, precisamente, el territorio del empleo medio: ni el trabajo precario que siempre estuvo mal pagado ni el trabajo de alto poder de decisión, sino la zona de “hago una función útil y repetible dentro de una organización”.

En el momento en que los ordenadores se vuelven extremadamente buenos en trabajo de datos, reglas y repetición, lo que era la ventaja del humano se convierte en una desventaja, porque competir en ese terreno contra una máquina es, en la práctica, competir en el único lugar donde la máquina no se cansa, no olvida, no se dispersa y no tiene coste marginal por hora. Esa es la diferencia que muchas veces se pierde cuando se habla de automatización de manera abstracta, como si fuese un fenómeno general que “quita empleo” y ya está. No es general, porque no golpea por igual, y ahí es donde el argumento cambia de naturaleza. Si la tecnología se llevase por delante, sobre todo, trabajos que nadie quería y crease, sobre todo, trabajos equivalentes para la mayoría, estaríamos ante una repetición histórica. Si, por el contrario, la tecnología se lleva por delante el empleo repetitivo y especializado que pagaba salarios medios, entonces lo que está en juego no es una cifra agregada de puestos, sino la arquitectura social que dependía de ese centro .

Aquí aparece la respuesta automática, casi un reflejo: “Siempre que una tecnología destruye empleos, crea otros”. Como frase histórica, tiene una parte de verdad, porque las revoluciones industriales destruyeron oficios y crearon otros trabajos que antes no existían, y en muchos casos esos trabajos fueron mejores en estabilidad o en salario que lo que había. El problema es que esa frase mezcla dos cosas distintas, y si no las separas terminas hablando de un futuro tranquilizador sin darte cuenta de lo que estás asumiendo. Una cosa es que se creen empleos en total, y otra muy distinta es que esos empleos sean accesibles para quienes pierden los anteriores, en tiempos y condiciones razonables. Cuando el empleo que desaparece está en el centro, y el empleo que nace se reparte entre una punta alta muy cualificada y una punta baja muy precaria, la creación agregada no te devuelve el mismo sistema, porque el sistema no se mide solo en cantidad, sino en distribución y movilidad.

La imagen útil no es una economía que gana o pierde peso, sino una economía que cambia de forma. En un mundo con una clase media amplia, hay una especie de escalera social, con peldaños intermedios que permiten subir, aunque sea despacio, desde posiciones bajas a posiciones mejores. Puedes empezar en un trabajo de entrada, aprender, moverte, y con el tiempo acceder a funciones con más responsabilidad. No es una promesa garantizada, pero la escalera existe como estructura. Cuando el empleo medio se encoge, esa escalera se transforma, porque el tramo intermedio se llena de huecos. Quedan, por un lado, trabajos que exigen una formación avanzada, capacidad de supervisión, diseño, programación, coordinación, decisión estratégica; y por otro lado quedan trabajos que la máquina todavía no hace bien porque requieren presencia física, improvisación humana en entornos caóticos o trato personal, pero que, en la práctica, se pagan poco, son temporales y se organizan con plataformas y contratos frágiles. La distancia entre ambos extremos no es solo un salto salarial, es un salto de vida .

Si esto queda en el plano del empleo, ya es serio, pero se vuelve más serio cuando miras los efectos en cadena. La clase media no solo es una masa de consumidores; es la base fiscal estable con la que se sostiene una parte enorme del estado moderno. La sanidad pública, la educación pública, el transporte, las pensiones, la red de ayudas, incluso el funcionamiento administrativo de un país, dependen de que haya mucha gente aportando de forma regular porque tiene un trabajo razonablemente estable y una renta que se puede gravar sin destruirla. Si ese centro se erosiona y la sociedad tiende a dividirse en una minoría muy rentable y una mayoría que va saltando entre empleos inseguros, el estado del bienestar no cae por una conspiración ni por una ideología, sino por pura mecánica: recaudar se vuelve más difícil, el gasto social aumenta porque hay más vulnerabilidad, y la tensión entre ambas curvas —menos base, más demanda— se convierte en un problema estructural. Cuando eso ocurre, lo que se resiente no es solo el nivel de vida, sino la confianza en el sistema .

A esta altura del razonamiento, aparece otro elemento que suele vivirse como frustración personal, y que en realidad tiene una raíz histórica: seguimos entrenando a los jóvenes para competir en el terreno donde la máquina es invencible. El sistema educativo moderno nació, en buena parte, para alimentar el mundo del trabajo repetitivo y especializado. No hace falta demonizarlo para entenderlo; si querías que millones de personas operasen procesos industriales y administrativos con fiabilidad, necesitabas que supieran memorizar, seguir instrucciones, repetir ejercicios, especializarse en un conjunto de procedimientos y cumplir reglas. Durante décadas eso fue una preparación razonable, porque el mercado laboral recompensaba esa combinación con estabilidad. El problema es que, cuando la economía empieza a demandar lo contrario —adaptación, criterio, creatividad aplicada, comunicación real, comprensión de sistemas, capacidad de aprender de manera continua— el sistema educativo, que es lento por naturaleza, se queda produciendo justo el perfil que más fácilmente puede ser reemplazado en tareas de datos y repetición.

El resultado de esa desalineación es perverso porque genera un engaño sin que nadie tenga que mentir. El estudiante siente que hace lo que se le pide y, aun así, el mundo no le devuelve lo que esperaba. El adulto siente que trabajó duro para conseguir un puesto estable y, aun así, ese puesto se vuelve precario o desaparece. Y, mientras tanto, el discurso público se queda atrapado entre dos simplificaciones cómodas: o bien se culpa a la tecnología como si fuese una fuerza externa con intención, o bien se promete que el mercado “se ajustará” como si el ajuste fuese automático y justo. Ninguna de las dos explicaciones ayuda a comprender qué está pasando, porque lo que está cambiando no es la moral del mundo, sino la estructura .

Llegados aquí, conviene fijar una idea con calma, sin convertirla en consigna: el problema no es que exista una tecnología poderosa, el problema es que nuestra organización social, laboral y educativa estaba optimizada para un tipo de valor humano que ya no es escaso. Durante siglos, ser fiable en repetición, ser bueno siguiendo reglas, ser capaz de procesar información de manera ordenada, era una ventaja comparativa. Ahora esa ventaja se ha desplazado, porque el ordenador hace exactamente eso mejor, más rápido y sin descanso. Si sigues entrenando a la mayoría para que su valor esté ahí, no estás preparando personas para el futuro, estás preparando competencia barata para máquinas que no compiten, simplemente sustituyen.

Cerrar esta parte del argumento no significa afirmar que “vamos al desastre”, porque eso sería otro atajo emocional que impide pensar, pero sí significa aceptar que el mecanismo antiguo no se repara con optimismo. Que en el pasado la tecnología creara empleo no garantiza que lo haga del mismo modo ahora, del mismo modo que el hecho de que durante décadas hubiera escalera no significa que la escalera esté intacta hoy. Lo único que queda claro, cuando sigues el hilo sin saltos, es que la pregunta correcta ya no es si la tecnología es buena o mala, ni si el mundo “va a mejor” como un juicio global, sino qué reglas nuevas necesitamos para que el progreso vuelva a ser un fenómeno de mayoría, y no una historia de extremos que conviven sin puente entre ellos. Esa pregunta, curiosamente, es la que menos aparece formulada de manera directa, y no porque sea difícil de ver, sino porque obliga a mirar donde normalmente no miramos: a los incentivos, a las instituciones y a la forma en que decidimos qué significa, de verdad, estar preparados.

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